De la Iglesia del Carmen a Desembarco del Rey: la boda de Rebeca y Carlos

La primera reunión que tuvimos para la boda de Rebeca y Carlos fue con Carlos.

Sí, con Carlos.

No es lo habitual. Normalmente, el primer contacto suele ser con la novia, pero aquel día Carlos llegó con las ideas muy claras: sabía qué les gustaba, qué querían transmitir y, sobre todo, qué querían que tuviera su boda.

Y ahí estaba el punto de partida.

Porque cuando trabajamos con una pareja, para nosotros hay algo que va antes que el espacio, antes que las flores y antes que cualquier decoración: ellos.

Primero conocemos a los novios. Después buscamos la manera de convertir su historia, sus gustos y su forma de ser en una experiencia que tenga sentido para ellos.

Y en el caso de Rebeca y Carlos, había una pista bastante clara desde el principio: eran muy fans de Juego de Tronos.

Así que sí. Había dragones.

Pero había que saber dónde ponerlos.

Todo empezó con una alfombra azul

Rebeca y Carlos se casaron un Sábado Santo en la Iglesia del Carmen de Sueca y después celebraron su boda en Sala Marina.

La ceremonia tenía que mantener la elegancia propia del momento, pero queríamos que desde la entrada empezaran a aparecer pequeñas pistas de lo que estaba por venir.

Y la primera fue azul.

Una alfombra azul marcaba el camino hacia el altar, acompañada por pedestales dorados con flores en tonos azul claro y blanco.

No pusimos dragones en la puerta de la iglesia —eso hubiera sido llevarlo un poquito demasiado lejos—, pero sí dejamos esas primeras pinceladas de color que después cobrarían todo su sentido en la celebración.

El azul era suyo. Lo supimos desde aquella primera conversación con Carlos.

El ramo de Rebeca siguió la misma línea: rosas en tonos nude, flores azul lavanda y mucho eucalipto. Una combinación suave que después se repetiría en diferentes rincones de la boda.

Y mientras todo esto sucedía, un dúo de violín y violonchelo acompañaba la ceremonia.

La misma música que después continuaría durante el cóctel.

Porque algunos elementos no necesitan cambiar para que la historia avance.

Cuando la decoración de una boda cuenta quiénes son los novios

Una boda temática puede quedarse en poner algunos elementos decorativos relacionados con una película o una serie.

O puede convertirse en algo mucho más interesante: una forma de contar quiénes son los novios.

Eso es lo que queríamos conseguir con Rebeca y Carlos.

Juego de Tronos no apareció como un simple adorno. Se convirtió en el hilo conductor de la celebración.

Y Carlos disfrutó especialmente de todo ese proceso. Cada decisión tenía detrás una conversación, una idea o algo que sabía que a ellos les iba a hacer ilusión.

Durante el cóctel, junto a la mesa de sitting, aparecía uno de los primeros grandes detalles.

Un espejo grabado con dos dragones entrelazados, las iniciales R&C en el centro y una frase que no podía encajar mejor con aquel momento:

“Hoy comienza”.

Después de la ceremonia, todavía no habíamos llegado a Desembarco del Rey.

Pero ya íbamos camino.

Bienvenidos a Desembarco del Rey

Cuando los invitados subieron a Sala Marina, la historia continuaba.

Lo primero que encontraban era el photocall: un sillón con aire de trono, dorado y negro, acompañado de banderines y escudos de tela.

Era de esos elementos que no necesitan explicación.

Lo ves y sabes que aquí está pasando algo.

Y después llegaban las mesas.

En lugar de números, cada una tenía el nombre de un lugar del universo de Juego de Tronos: Desembarco del Rey, Roca Casterly, Invernalia, Braavos, las Islas del Hierro, Meereen, Altojardín…

De repente, sentarse a cenar ya no era simplemente sentarse a la mesa 4.

Era llegar a un lugar concreto dentro de una historia que habían elegido ellos.

Y eso es precisamente lo que buscamos cuando diseñamos una boda personalizada: que los elementos no estén ahí porque “quedan bonitos”, sino porque tienen algo que contar.

El detalle que convirtió a los invitados de la boda en protagonistas

Hay decisiones que parecen pequeñas cuando las cuentas y que, sin embargo, cambian completamente la experiencia de una boda.

Esta fue una de ellas.

Lo habitual es que los novios recorran las mesas durante la celebración para entregar un detalle a sus invitados.

Rebeca y Carlos decidieron hacerlo de otra manera.

En las mesas colocaron carteles indicando que, cuando sonara determinada música, sus amigos tenían que acercarse a la mesa presidencial.

Primero los chicos.

Después, las chicas.

Ellos recibieron un llavero personalizado.

Ellas, una rosa eterna azul.

Pero lo mejor no fueron los regalos.

Fue el momento.

Grupos enteros de amigos alrededor de los novios, todos juntos, compartiendo ese instante y, por supuesto, consiguiendo algunas de esas fotografías que después se convierten en recuerdos de verdad.

Fue idea de Rebeca.

Y no nos sorprendió.

Porque durante toda la organización hubo algo que se repetía en sus decisiones: quería que sus invitados se sintieran importantes.

No pensaba solamente en cómo quería que fuera su boda. Pensaba en cómo quería que la vivieran las personas que estaban allí con ellos.

Y eso también cuenta quién eres.

Y entonces Rebeca desapareció

Llegó el momento del baile de novios.

Pero antes había un pequeño secreto.

Rebeca desapareció durante unos minutos.

Y volvió con otro vestido, mucho más corto, y unas zapatillas deportivas en lugar de sus tacones.

Lo que nadie sabía era que ella y Carlos llevaban tiempo preparando algo a escondidas.

Habían estado yendo a clases en secreto para preparar una coreografía inspirada en una de las canciones de Dirty Dancing.

Nadie lo esperaba.

Y probablemente por eso funcionó 1tan bien.

Fue uno de esos momentos que no necesitan explicación: música, sorpresa, risas y una pista de baile que acabó convirtiéndose en uno de los recuerdos más comentados de la noche.

Después llegó la fiesta.

La música.

La disco móvil.

Y todos esos momentos que ya no se planifican tanto porque, cuando una boda llega a ese punto, lo que toca es disfrutar.

Los quince minutos que nadie recordó

Bueno.

Casi nadie los recordó.

El autobús que llevaba a los invitados desde la Iglesia del Carmen hasta Sala Marina se retrasó unos quince minutos.

Quince minutos que, para una pareja que está viviendo su boda, pueden parecer una eternidad.

Rebeca y Carlos ya estaban en el lugar y esperaron esos minutos sin bajar del coche, con esa mezcla de nervios y preocupación que solo entiende quien está pendiente de que todo salga bien.

Pero cuando llegaron los invitados, había una decisión clara: aquello se quedaba fuera de la fiesta.

Nadie tenía que notar el problema.

Los novios salieron a recibirlos, el cóctel siguió adelante y la celebración continuó con normalidad.

Porque organizar una boda también es esto.

No consiste en conseguir que absolutamente nada falle.

Consiste en saber qué hacer cuando algo no sale exactamente como estaba previsto para que los novios puedan seguir viviendo su día.

Y si conseguimos que quince minutos de retraso acaben siendo una anécdota que casi nadie recuerda, entonces el plan ha funcionado.

Una boda que solo podía ser la de Rebeca y Carlos

Azul.

Dragones.

Desembarco del Rey.

Un trono.

Una rosa eterna.

Un baile secreto.

Un autobús que llegó quince minutos tarde.

Y, sobre todo, dos personas que tenían muy claro que su boda tenía que hablar de ellos.

Eso es lo que más nos gusta de trabajar en una boda.

No empezar preguntándonos qué decoración está de moda.

No empezar por el espacio.

No empezar por un catálogo de opciones.

Empezar por vosotros.

Porque cada pareja tiene una historia diferente.

Y nuestro trabajo es encontrar la manera de convertirla en una experiencia que se parezca a vosotros.

Vosotros primero. El espacio después.

Porque una boda no debería parecerse a ninguna otra.

Debería parecerse a vosotros.


¿Te imaginas contar vuestra historia en cada detalle de vuestra boda, como hicieron Rebeca y Carlos? En Las Bodas de Mónica empezamos por vosotros, por vuestra esencia y por todo aquello que os hace únicos.

Cuéntame vuestra historia y empezamos a construirla juntos.

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